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sábado, 9 de octubre de 2010

Capítulo 3

Al llegar al aeropuerto de París, tuvimos que ir a buscar nuestras maletas y facturarlas de nuevo. Era realmente agobiante. Realizamos los mismos trámites que en Londres y, cuando nos llamaron, subimos al avión. Esta vez, los asientos eran de tres, por lo que pude sentarme junto a mis padres. Para pasar el tiempo estuvimos jugando a las cartas, luego, ojeé una revista que había comprado en el aeropuerto y, al terminar, me puse a ver una película que pusieron en el avión; entre eso y la comida que nos dieron, por fin se oyó el sonido que indicaba que había que ponerse los cinturones de seguridad. Comenzaba el aterrizaje.

Observé por la ventanilla. Montreal de noche se veía precioso. Deseaba sacar una foto, pero después de la señal de los cinturones, todos los aparatos electrónicos debían permanecer apagados, por lo que tuve que grabar aquella hermosa imagen en mi mente.

Una vez quedó totalmente parado el avión, abrieron las puertas para ir saliendo poco a poco. Cogí mi equipaje de mano, y me dirigí a la puerta donde se encontraba una azafata.

- Buenas noches – decía ella deseando que hubiésemos tenido un buen viaje.
- Buenas noches – respondí.

Me adentré en aquel largo pasillo que me llevaría al interior del aeropuerto. Una vez allí, seguimos al resto de los pasajeros hasta llegar a la zona de recogida de las maletas. Las nuestras, fueron de las últimas en salir y, por si no fuera poca la espera, debíamos alquilar un coche. Por lo visto, mis padres querían comprar un coche, por lo que el alquiler duraría tan solo unos días. De todas formas, no sabía muy bien por qué si, supuestamente, íbamos a estar un mes y, luego, volveríamos de nuevo a Londres a hacer nuestra vida normal. Me asustaba bastante pensar que ya podían tener nuevas ideas rondando en su cabeza.

Tras una larga espera, nos metimos en el coche que nos había asignado para comenzar la ruta hasta el pueblo. Abrí la ventana y cerré los ojos. Lo siguiente que recuerdo fue oír a mi padre.

- Ashley, mira, ya vamos a entrar al pueblo.

“Firstside”

Decía un cartel con grandes letras en negrita.

Comenzamos a adentrarnos entre un montón de enormes casas, tenían preciosos jardines y unas decoraciones externas maravillosas. No quería imaginar entonces, cómo podrían ser por dentro. En ese mismo momento, el coche dejó de moverse y habíamos aparcado junto una gran casa. Parecía que no vivía nadie en ella, pero aún así, también estaba muy bien arreglada.

- Por fin estamos en casa – dijo mi madre, bajando del coche.
- ¿Esta es nuestra casa? – pregunté impresionada.
- Sí, aquí vivíamos antes de mudarnos a Londres – explicó mi padre.
- Por suerte, nuestros amigos nos han ayudado a mantenerla – decía mi madre con felicidad.
- ¿Podemos entrar? Me gustaría verla por dentro.

Abrí la puerta, de la valla de madera que rodeaba toda la casa, y pasé por aquel camino rodeado de flores del jardín. Se notaba que habían puesto mucho empeño en mantener aquella casa. A mi derecha, había una farola que iluminaba unos bancos. A la izquierda, había mucha más abundancia de flores de colores y, para poder apreciarlas, había un sillón columpio, en el cual te podrías sentar y relajarte entre tanta naturaleza. Estaba realmente impresionada, pero deseaba saber cómo sería la casa por dentro, ¿Y mi cuarto? No lo dudé más y entré.
Al abrir la puerta, pude observar una cómoda que se encontraba a la derecha. Había un hermoso jarrón, el cual tenía en su interior unas rosas. También eran apreciables una gran variedad de cuadros y otros decorados. Hacia la derecha, se encontraba la cocina; a la izquierda, estaba el salón. Tenía unas grandes puertas de cristal que llevaban al jardín trasero, en el que estaba la estructura de la piscina, lo que habría que limpiarla y llenarla; además de algunas hamacas a su alrededor. Detrás del salón, estaban las escaleras que conducían al piso superior. Había un gran pasillo, en el que había varias habitaciones. Hacia la derecha se encontraba la habitación de mis padres, con un baño en su interior; en frente, el cuarto que utilizaría mi padre para asuntos de trabajo pues, aunque estábamos de vacaciones, siempre le llamaban para solucionar algunos problemas. Hacia la izquierda, se encontraba el baño, en frente, el cuarto de invitados y, junto a él, mi habitación. Abrí la puerta y no podía creer lo que veían mis ojos. Mi cuarto era muy grande y, además, estaba muy bien decorado. Se ve que mis padres habían contratado a alguien para que arreglase la casa antes de que nosotros fuésemos. En la misma pared que se encontraba la puerta, tenía un armario empotrado. Junto a él, se encontraba mi cama, la cual tenía una colcha y unos cojines adaptados a mi estilo. En frente de ésta, habían colocado un gran escritorio con un ordenador. Sobre él, tenía una estantería llena de libros. Eran de mis escritores favoritos y no dudé en observar los títulos. Ninguno de ellos los había leído aún. En la pared que quedaba en frente de la puerta, tenía una cortina, la cual aparte con cuidado, para dejar descubierta una puerta de cristal que me adentraba en un enorme balcón. En él tenía una pequeña mesita con dos sillas y, a su lado, una hamaca. Tenía claro que cuando quisiera relajarme y estar sola, estaría allí. Además, la vista era preciosa. Daba al jardín delantero, el cual me había encantado desde el primer momento en que lo había visto.

Bajé a dar con mis padres para sacar el equipaje del maletero del coche. Subí lo mío a mi habitación y, como no tenía sueño después de todo lo que había descansado durante el viaje, me puse a colocar cada cosa en su sitio. Tardé dos horas en hacerlo y, al terminar, me tumbé un rato en mi cama.

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