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viernes, 3 de diciembre de 2010

Capítulo 6

“Quizás estar aquí no sea tan malo. Son todos muy amables, al igual que el chico de esta mañana. El ambiente  que hay aquí, jamás lo había visto en ningún otro lugar. Transmite tanta tranquilidad... puede que todos tengan razón y este lugar termine gustándome”.

En ese instante, sentí a mi padre delante de mí.

-          Ashley, vamos. Ya estamos listos.
-          ¿Iremos en coche? – le pregunté.
-          No, viven aquí al lado.

Salimos y tomamos hacia la izquierda. Hacia allí no había ido aún, y pude ver que había más casas con la misma estructura que la nuestra. Tras pasar cinco de ellas, podía oír algo de música en el interior de la última. Estaba segura de que ya habíamos llegado. Y no fallé, en ese mismo momento mis padres se adentraron en aquella casa. Yo los seguí.
Tocaron el timbre y una mujer, de pelo rizado con un tono rojizo, nos recibió. Su color de piel era algo blanco, y llevaba una camisa beige, conjuntada con una falda marrón oscuro, la cual le hacía juego con sus ojos, y un buen contraste con su piel.

-          ¡Benjamin, Cathy! Cuánto tiempo. ¿Cómo están?
-          Muy bien, Brenda, ¿y tú?
-          Muy bien también – en ese momento se percató de mi - ¿Ashley? ¡Pero bueno, qué grande estás!
-          Hola – saludé tímidamente.
-          ¿Qué tal todo? ¿Los estudios?
-          Muy bien, muy bien…
-          Me alegro. Anda, pasen. Ahora vengo, voy a buscar a Adam y a Madison.
-          ¿Quién es Madison? – le pregunté en voz baja a mi madre cuando Brenda ya se había ido.
-          Es su hija, creo que tiene un año menos que tú.
-          Ah, vale.

Cuando llegó con su marido, no pude evitar fijarme en la que supuse que sería Madison. Tenía el pelo rubio, ojos azules y parecía mayor de catorce años.

-          ¡Hola! – saludé a Adam.
-          ¡Ashley! Qué grande estás… hacía tanto tiempo que no te veía – decía él con asombro.
-          Sí, desde los tres años – dije y todos reímos.
-          Cómo pasa el tiempo – soltó Brenda.
-          Hola, yo soy Madison – me dijo.
-          Yo Ashley – le sonreí.

Nuestros padres se fueron y, nosotras, nos quedamos hablando de muchas cosas. Me contó que en un par de días habría una fiesta y me invitó. Yo no estaba muy segura de lo que haría pero, eso ya lo vería.

-          ¿Te apetece un refresco? – me ofreció.
-          Sí, gracias.
-          Ven, te serviré uno.

Íbamos en busca de un par de refrescos, cuando nos encontramos con dos chicos que, por lo visto, conocía Madison.

-          Hola, Frank – saludó al más bajito de los dos. Tenía el pelo de color negro y ojos verdes, se podía ver a simple vista que estaba en forma.
-          Madison, ¿qué tal?
-          Bien. Mira, ella es una amiga. Ashley, él es Frank; Frank, ella es Ashley.
-          Encantado – dijo él con un tono amable.
-          Igualmente – le respondí.
-          Y él es Dave – terminó de presentar al chico que se encontraba al lado de Frank. Estaba bastante arreglado, por ello no lo había reconocido. Pero me percaté de que era el chico que me había ayudado esa misma mañana.
-          Así que te llamas Dave – le sonreí.
-          Y tú Ashley – hizo el mismo gesto.
-          ¿Se conocían? – preguntaron confusos los otros dos.
-          Sí, bueno, esta mañana me ayudó a llevar unas bolsas a mi casa. Me había pasado comprando y, la verdad es que yo sola no podía – todos reímos.
-          Dave siempre tan amable – dijo su amigo.

Continuamos hablando de todo un poco, hasta que llegaron mis padres avisándome de que ya nos íbamos. Me despedí de todos y regresamos a la casa. Al llegar, subí a mi cuarto para darme una ducha y así relajarme un poco antes de irme a dormir. Cuando terminé, me puse un pijama y me metí en la cama. El día había sido agotador y, en el mismo instante que estaba pensando en todo lo que me había ocurrido, me quedé completamente dormida.


Al sonar mi despertador, a la mañana siguiente, me puse algo de ropa cómoda para salir a dar un paseo y comprar pan para el desayuno. Fui hasta la plaza y me dirigí a la panadería. Hice la cola, hasta que me atendió una señora.

-          ¡Buenos días! – decía muy agradable.
-          Buenos días, ¿me daría dos barras de pan?
-          Sí, en seguida.

Me entregó lo que le había pedido, pagué y volví de camino a casa. Cuando estaba frente a la puerta pude ver, a lo lejos, a Madison acercarse.

-          Buenos días, Ashley – me saludó.
-          Buenos días.
-          Esta tarde iremos al cine, ¿te apuntas?
-          ¿Quién irá?
-          Brad y Brittany, unos amigos que te presentaré esta tarde; Frank, Dave, tú y yo.
-          Vale y, ¿a qué hora nos vemos?
-          Vengo por tu casa a las cinco, ¿te parece?
-          Por mí está bien.
-          Bueno, pues nos vemos luego – dijo mientras iba alejándose.
-          Adiós.

Después de esa conversación con Madison, entré a mi casa y dejé el pan en la cocina. Mi madre acababa de levantarse, y agradeció que hubiese ido yo a comprarlo. Preparamos algo para desayunar y, un poco más tarde, me puse en mi ordenador a chatear un rato con mis amigos de Londres. Les pasé algunas fotos de la casa y de los paisajes que me habían parecido lo más bonitos del pueblo. Me entretuve bastante hablando con ellos y, cuando me di cuenta, ya eran las dos de la tarde. Bajé a la cocina a almorzar, para luego ponerme un rato a ver la tele y hacer tiempo hasta que fuesen las cuatro. Cerré los ojos y, lo siguiente que recuerdo es mirar el reloj y ver la hora. Las cuatro menos cuarto. Decidí subir a mi habitación y empezar a alisarme el pelo. Me maquillé de forma sencilla y me puse un vestido blanco con algo de vuelo a partir de la cintura, unas sandalias del mismo color, y cogí mi bolso. Justamente cuando iba bajando las escaleras, sentí el sonido del timbre. Me despedí de mis padres y fui yo misma a abrir.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Capítulo 5

Observé cómo se iba alejando poco a poco. Entré a la casa y, entre mi madre y yo, colocamos cada cosa en su lugar. Al terminar, preparamos el almuerzo y comimos los tres juntos. Mi padre, había terminado de arreglar la piscina y la acababa de pintar, tan solo quedaba esperar a que se secara para poder llenarla.

- Esta tarde iremos a casa de unos amigos – me comentó mi madre.
- ¿De quienes? – pregunté curiosa.
- Brenda y Adam. Harán una fiesta y quieren que vayamos.
- ¿A qué hora será?
- A las ocho.
- Vale, ¿podré ir a dar una vuelta un rato antes de ir?
- Mientras estés aquí a las siete.
- Sí, aquí estaré.

Terminé de almorzar y subí a mi habitación. Cogí mi bolso, metí la cámara dentro y salí sin tener rumbo alguno. Caminé hasta llegar cerca del supermercado, en el que había estado por la mañana, pasé al lado y continué todo recto hasta llegar a la plaza. En ella, había algunas tiendas y una cafetería. Entré en ésta y me compré un helado pues, hacía bastante calor. Al salir, observé a los niños jugando en la plaza. Adoraba mirar a los niños pequeños divirtiéndose, jugando unos con otros, sin preocuparse de nada. Tan inocentes. Seguí caminando mientras saboreaba mi helado de chocolate, llegué a un pequeño parque, el cual tenía columpios para los niños pero, seguía un camino en el que había mesas para ir a merendar. Me senté en un banco y comencé a hacer fotos a lo que veía a mí alrededor. La mezcla que había entre los árboles, el cielo despejado y los columpios, eran una imagen perfecta para plasmar. Al terminar de hacer un par de ellas, comencé a ver el resultado, sin acordarme de que conservaba aún fotos de mi última salida con mis amigos. Tenía que meterlas de una vez en el ordenador. El ver sus caras, me hizo pensar en ellos. ¿Estarían ahora todos juntos? Para conseguir una respuesta, llamé a Eva.

- ¿Hola? – escuché su voz.
- ¡Hola, Eva!
- ¡Ashley! ¿Cómo estás? ¿Qué tal el viaje?
- Bien, todo bien.
- No te llamé ayer porque sabía que llegarías tarde, y estarías cansada.
- No te preocupes. Todo está bien.
- Y, ¿qué tal la casa?
- ¡Me encanta! Es enorme. Anoche cuando llegué saqué todo de la maleta y lo coloqué y, ya esta mañana, comenzamos a limpiar un poco. Yo fui a hacer la compra y eso… mientras mi padre arreglaba y pintaba un poco la piscina.
- ¿Tienes piscina?
- ¡Sí! Es impresionante. No sé cómo no podía acordarme de cómo era mi antigua casa, si es increíble.
- Pues me alegro de que te guste.
- Sí, algo que me gusta…
- Bueno, no llevas ni un día.
- Ya... y esta tarde tengo una fiesta en casa de unos amigos de mis padres.
- Pues pásatelo bien.
- Gracias. Bueno y, ¿por allí? ¿qué tal todos?
- Bien, estuve hace un rato con Alice, y esta noche iremos todos al cine. Vamos a extrañar tu presencia.
- Y yo la de ustedes, pero bueno… el tiempo pasa rápido. Bueno, Eva, me tengo que ir. Que tengo que volver a la casa. Ya hablamos, les quiero. Saludos a todos.
- Vale, igualmente. Adiós.

Colgué y miré la hora, iban a ser las siete, por lo que regresé como mi madre me había dicho. Una vez allí, me dirigí hacia mi habitación para elegir qué ponerme. Me decanté por unos vaqueros cortos y una camiseta azul con algún que otro dibujo; me puse unos zapatos blancos con tacón, una chaquetilla del mismo color y cogí mi bolso. El pelo me lo dejé suelto y me hice la raya en los ojos. Cuando estuve lista, avisé a mis padres de que estaría en el jardín. Me senté en el sillón columpio a escuchar música. Mientras me balanceaba, cerré mis ojos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Capítulo 4

A la mañana siguiente, estuve ayudando a mis padres a recoger y limpiar la casa. Cuando terminamos en el interior, mi padre se puso a arreglar la piscina, para luego llenarla. Mientras, mi madre me hizo una lista para ir a comprar al supermercado, el cual no se encontraba muy lejos. Al llegar de madrugada, no habíamos podido comprar nada y, no teníamos nada de comida.
Por suerte, unos amigos habían dejado algo para poder desayunar.

- Esto es lo que tienes que comprar, si ves algo que te apetezca, cógelo, pero no te pases – advirtió mi madre.
- Tranquila, no me apetece nada.
- Bueno, ve con cuidado.
- Sí… Hasta ahora.
- Hasta ahora.

Salí de mi casa y seguí las indicaciones de mi madre. Tomé el camino hacia la derecha y seguí todo recto hasta salir de aquel conjunto de casas. Bajé hacia la calle siguiente y, un poco más adelante, encontré el supermercado. Una vez dentro, cogí un carro y saqué la lista que me había dado mi madre. Fui por cada pasillo cogiendo todo lo que estaba apuntado. Finalmente, fui a buscar el pan para el almuerzo y me dirigí a la caja. Una vez pagué comencé a meter todo en las bolsas, no sabía muy bien cómo iba a conseguir llevar todo eso a la casa, pero cogí todas las bolsas y comencé a caminar de vuelta. Iba distraída pensando en qué podría hacer un poco más tarde. Quizá me acercaría a la plaza que había y daría una vuelta por allí. De repente, sentí que alguien chocó conmigo.

- Lo siento – me dijo agitado. Por lo que podía ver, había estado corriendo.
- No pasa nada, fui yo que iba distraída – dije metiendo algunas cosas de nuevo en la bolsa pues, éstas, habían caído al suelo.
- Espera, te ayudo.
- No hace falta.
- ¿De verdad crees que podrás llevar todo eso tú sola?
- Claro, no es tanto.
- Llevas comida como para un mes.
- Bueno…
- Anda, que te ayudo.
Sin dejarme responder, cogió las bolsas y continuó caminando a mi lado.
- Podrías dejarme alguna a mí también, eh – dije riendo.
- Claro, toma – dijo sonriendo levemente y tendiéndome tan solo dos bolsas.
- Tampoco me des tantas – dije irónicamente.
- ¿De dónde eres? Aquí no te había visto antes – continuó sonriendo.
- Vivo en Londres, pero nací aquí. Estuve hasta los tres años y, por un traslado laboral de mi padre, nos fuimos para allá.
- Ah, y… ¿viniste de vacaciones?
- Sí – respondí desganada.
- ¿No querías venir? – dijo sorprendido.
- Pues… no. No conozco a nadie aquí, y tengo a todos mis amigos allí. Pero, como mis padres quería venir, no tuve de otra.
- Bueno, estoy seguro de que te lo pasarás muy bien. En serio, una vez que te adaptes, seguro que no te querrás ir.
- No lo creo, pero bueno, todo puede pasar.
- Sí – dijo riendo.

En ese momento llegamos a mi casa.

- Pues, aquí es. Muchas gracias por ayudarme.
- No es nada, no creo que hubieses podido tú sola.
- La verdad, yo tampoco – reímos juntos.
- Bueno, ya nos veremos por aquí.
- Sí – le sonreí – hasta luego.
- Hasta luego.

sábado, 9 de octubre de 2010

Capítulo 3

Al llegar al aeropuerto de París, tuvimos que ir a buscar nuestras maletas y facturarlas de nuevo. Era realmente agobiante. Realizamos los mismos trámites que en Londres y, cuando nos llamaron, subimos al avión. Esta vez, los asientos eran de tres, por lo que pude sentarme junto a mis padres. Para pasar el tiempo estuvimos jugando a las cartas, luego, ojeé una revista que había comprado en el aeropuerto y, al terminar, me puse a ver una película que pusieron en el avión; entre eso y la comida que nos dieron, por fin se oyó el sonido que indicaba que había que ponerse los cinturones de seguridad. Comenzaba el aterrizaje.

Observé por la ventanilla. Montreal de noche se veía precioso. Deseaba sacar una foto, pero después de la señal de los cinturones, todos los aparatos electrónicos debían permanecer apagados, por lo que tuve que grabar aquella hermosa imagen en mi mente.

Una vez quedó totalmente parado el avión, abrieron las puertas para ir saliendo poco a poco. Cogí mi equipaje de mano, y me dirigí a la puerta donde se encontraba una azafata.

- Buenas noches – decía ella deseando que hubiésemos tenido un buen viaje.
- Buenas noches – respondí.

Me adentré en aquel largo pasillo que me llevaría al interior del aeropuerto. Una vez allí, seguimos al resto de los pasajeros hasta llegar a la zona de recogida de las maletas. Las nuestras, fueron de las últimas en salir y, por si no fuera poca la espera, debíamos alquilar un coche. Por lo visto, mis padres querían comprar un coche, por lo que el alquiler duraría tan solo unos días. De todas formas, no sabía muy bien por qué si, supuestamente, íbamos a estar un mes y, luego, volveríamos de nuevo a Londres a hacer nuestra vida normal. Me asustaba bastante pensar que ya podían tener nuevas ideas rondando en su cabeza.

Tras una larga espera, nos metimos en el coche que nos había asignado para comenzar la ruta hasta el pueblo. Abrí la ventana y cerré los ojos. Lo siguiente que recuerdo fue oír a mi padre.

- Ashley, mira, ya vamos a entrar al pueblo.

“Firstside”

Decía un cartel con grandes letras en negrita.

Comenzamos a adentrarnos entre un montón de enormes casas, tenían preciosos jardines y unas decoraciones externas maravillosas. No quería imaginar entonces, cómo podrían ser por dentro. En ese mismo momento, el coche dejó de moverse y habíamos aparcado junto una gran casa. Parecía que no vivía nadie en ella, pero aún así, también estaba muy bien arreglada.

- Por fin estamos en casa – dijo mi madre, bajando del coche.
- ¿Esta es nuestra casa? – pregunté impresionada.
- Sí, aquí vivíamos antes de mudarnos a Londres – explicó mi padre.
- Por suerte, nuestros amigos nos han ayudado a mantenerla – decía mi madre con felicidad.
- ¿Podemos entrar? Me gustaría verla por dentro.

Abrí la puerta, de la valla de madera que rodeaba toda la casa, y pasé por aquel camino rodeado de flores del jardín. Se notaba que habían puesto mucho empeño en mantener aquella casa. A mi derecha, había una farola que iluminaba unos bancos. A la izquierda, había mucha más abundancia de flores de colores y, para poder apreciarlas, había un sillón columpio, en el cual te podrías sentar y relajarte entre tanta naturaleza. Estaba realmente impresionada, pero deseaba saber cómo sería la casa por dentro, ¿Y mi cuarto? No lo dudé más y entré.
Al abrir la puerta, pude observar una cómoda que se encontraba a la derecha. Había un hermoso jarrón, el cual tenía en su interior unas rosas. También eran apreciables una gran variedad de cuadros y otros decorados. Hacia la derecha, se encontraba la cocina; a la izquierda, estaba el salón. Tenía unas grandes puertas de cristal que llevaban al jardín trasero, en el que estaba la estructura de la piscina, lo que habría que limpiarla y llenarla; además de algunas hamacas a su alrededor. Detrás del salón, estaban las escaleras que conducían al piso superior. Había un gran pasillo, en el que había varias habitaciones. Hacia la derecha se encontraba la habitación de mis padres, con un baño en su interior; en frente, el cuarto que utilizaría mi padre para asuntos de trabajo pues, aunque estábamos de vacaciones, siempre le llamaban para solucionar algunos problemas. Hacia la izquierda, se encontraba el baño, en frente, el cuarto de invitados y, junto a él, mi habitación. Abrí la puerta y no podía creer lo que veían mis ojos. Mi cuarto era muy grande y, además, estaba muy bien decorado. Se ve que mis padres habían contratado a alguien para que arreglase la casa antes de que nosotros fuésemos. En la misma pared que se encontraba la puerta, tenía un armario empotrado. Junto a él, se encontraba mi cama, la cual tenía una colcha y unos cojines adaptados a mi estilo. En frente de ésta, habían colocado un gran escritorio con un ordenador. Sobre él, tenía una estantería llena de libros. Eran de mis escritores favoritos y no dudé en observar los títulos. Ninguno de ellos los había leído aún. En la pared que quedaba en frente de la puerta, tenía una cortina, la cual aparte con cuidado, para dejar descubierta una puerta de cristal que me adentraba en un enorme balcón. En él tenía una pequeña mesita con dos sillas y, a su lado, una hamaca. Tenía claro que cuando quisiera relajarme y estar sola, estaría allí. Además, la vista era preciosa. Daba al jardín delantero, el cual me había encantado desde el primer momento en que lo había visto.

Bajé a dar con mis padres para sacar el equipaje del maletero del coche. Subí lo mío a mi habitación y, como no tenía sueño después de todo lo que había descansado durante el viaje, me puse a colocar cada cosa en su sitio. Tardé dos horas en hacerlo y, al terminar, me tumbé un rato en mi cama.

martes, 14 de septiembre de 2010

Capítulo 2

Quité la manta y me metí en la cama. Con el calor que desprendían las sábanas, pude relajarme y caer enseguida en un profundo sueño. Esa noche, por suerte, dormí bien. No me desperté durante las diez horas que había permanecido durmiendo y, creo que eso, hizo que me levantara de un muy buen humor.

- ¡Hola! – dije al llegar junto a mis padres.
- Buenos días – dijeron ellos con cara de asombro.
- He quedado con los demás para ir a almorzar y pasar la tarde fuera. Vendrán sobre las dos.
- Ya decía yo que era demasiada felicidad… Está bien. Pero ten cuidado – me advirtió mi madre como siempre lo hacía.

Como habíamos quedado, sobre las dos comenzaron a llegar todos y, una vez estuvimos los cinco, salimos rumbo al centro comercial.
- Chicos, los echaré muchísimo de menos.
- Bueno, Ashley, seguiremos en contacto – decía Eva.
- Espero que nos cuentes todo lo que te ocurre – comentaba Alice.
- Sí, no se preocupen que les llamaré.

Pasábamos por delante de una joyería y, las chicas y yo, quisimos entrar.

- ¿Por qué tendrán que pararse por todas las tiendas que encuentran? – se quejaba Paul.
- No tardamos – le dijo Eva riendo.
- Sí, eso me dice a mí siempre – respondió su hermano y todos reímos ante ese comentario.

Tras mirar un gran número de pulseras, pendientes y colgantes, encontramos unas cadenitas con pequeños brillantes que rodeaban las letras de la palabra: ‘‘FRIENDS’’. Quisimos quedárnosla como recuerdo, por lo que nos compramos una cada una. De esta forma, decíamos que nos acordaríamos siempre unas de otras. Salimos de aquella tienda y, tras un largo rato de propuestas, acordamos ir a comer unas hamburguesas a nuestro restaurante preferido. Los sábados por la tarde solíamos ir muy a menudo y, aunque no era sábado, nos parecía una buena ocasión para ir allí.

Entre risas, pasamos la tarde como los cinco grandes amigos que éramos. Como siempre, llegó la hora de volver a casa, por lo que tocó la despedida.

- Bueno, nos tenemos que ir ya… - dije desanimada.
- Ashley, pásatelo muy bien – me dijo Alice.
- Te queremos muchísimo – le siguió Santiago.
- Llama siempre que puedas – continuó Eva.
- Y no para cualquier cosa aquí nos tienes– finalizó Paul.
- Gracias, chicos. Los quiero muchísimo – llegué a decir antes de darnos un abrazo en grupo.

Al llegar a mi casa tras la despedida, les di las buenas noches a mis padres y subí a mi cuarto. Me metí en la cama y, a esperar el comienzo del nuevo día.

Al sentir los rayos de sol, que entraban por las rendijas de mi persiana, acariciar mi piel, no quise permanecer durante más tiempo en la cama y me levanté. Me desperecé y girándome hacia mi mesilla de noche, miré la hora. Las diez. Al poco tiempo, mi madre tocó la puerta, advirtiéndome de que ya era hora de prepararnos y cerrar definitivamente las maletas.
Sin nada de interés, decidí tomar una ducha. El notar el agua recorrer mi cuerpo, era una sensación que siempre lograba hacerme sentir libre. Conseguía relajarme por completo, y en ese momento, lo necesitaba. Al salir de la ducha, elegí algo de ropa que ponerme y bajé a tomar el desayuno.

- ¿Ya tienes todo preparado? – preguntó mi padre.
- Sí, solo me falta meter un par de cosas en el bolso que llevaré conmigo.
- Muy bien, pues ahora subes y terminas de hacerlo. Desayuna tranquila – dijo mi madre.

Cuando terminé de saborear mis deliciosas tostadas, subí a mi cuarto para meter en mi bolso la cartera, el móvil, la cámara… y otros objetos por el estilo. Miré el reloj y eran las doce. Debíamos estar en el aeropuerto una hora antes de que saliera el avión, así que comencé a bajar las maletas al piso de abajo. En lo que esperé a que mis padres terminaran de arreglarse, bajaran ellos también su equipaje y los metiésemos en el maletero, se nos pasó media hora. Cogimos los bolsos que llevaríamos con nosotros y nos metimos en el coche. Mi padre arrancó, y no pude evitar mirar con tristeza esa casa en la que vivo y que, durante un tiempo, no iba a ver. La observaba muy bien mientras el coche me iba alejando poco a poco de ella. Hasta desaparecer. Cogí mi mp4 y me puse a escuchar algo de música, me tranquilizaba un poco escuchar a mi cantante favorito. El aeropuerto no se encontraba muy cerca, por lo que nos esperaba un largo camino.

Decidí relajarme un poco y, el zarandeo del coche, consiguió hacerme cerrar los ojos poco a poco. Me quedé profundamente dormida pues, cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue a mi madre desesperada porque despertase. Al parecer, habíamos llegado hace rato y temía que perdiésemos el vuelo. Salimos del coche y nos dirigimos a la zona de facturación, donde observé como se deslizaban las cuatro maletas a través de aquella cinta, que las transportaba al exterior.
Me fui hacia un asiento y me puse a ojear una revista. En media hora, nos llamarían para el embarque.

‘‘Pasajeros, del vuelo con destino a París, embarquen por la puerta número tres’’.

Tras el aviso, hicimos la cola para entregar nuestros documentos de identidad y entrar al avión. Cuando llegó nuestro turno, mis nervios por volar comenzaron. Adoraba hacerlo pero, no podía evitarlo, aquellas cosquillas en mi estómago siempre aparecían previas al vuelo. Me adentré en aquel largo pasillo y, finalmente, me encontré con las azafatas.

- Buenas tardes – saludaban amablemente a todo aquel que entraba en el avión.

Miré mi billete. Tenía el asiento número veintiséis, por lo que continué caminando hasta divisar el sillón que me correspondía. A mi derecha, junto al pasillo, había dos sillones más, en los cuales se sentarían mis padres; a mi izquierda, sin embargo, no había nadie. Me alegré al pensar que no tendría que compartir asiento con ninguna persona pues, suele ser algo incómodo tener a un desconocido al lado.

Me encantaba leer, por lo que me dediqué a terminar aquel libro que me había comprado la semana anterior y aescuchar música durante aquellas dos horas. El viaje a Montreal duraría trece horas pues, haríamos escala en París. Además, una vez allí, tendríamos que hacer dos horas por carretera para llegar hasta Firstside – mi pueblo-.

Capítulo 1

Era una mañana más del verano pero, no fue una mañana cualquiera. Los pájaros cantaban alegres en los árboles que junto a mi ventana se encontraban. El sol comenzaba a hacerse camino para salir a relucir en un cielo totalmente despejado. Me levanté y bajé a desayunar. Como cada mañana, allí estaban mis padres.

- Buenos días – les dije.
- Buenos días – respondieron ambos.
- ¿Cómo has dormido? – preguntó mi madre.
- Bien…
- Venga, desayuna. En un rato comenzamos con las maletas, que nos vamos en dos días.

Sí. Nos íbamos de viaje. A un lugar que no se podía encontrar más lejos de mi casa porque era imposible. El pueblo en el que nací, el cual hacía doce años que no visitábamos. Por mi parte, no había ningún interés en dejar a mis amigos para ir a vivir, durante un mes, a un sitio en el que no conocía a nadie. Mis padres, tenían antiguos amigos pues, vivieron allí durante siete años. En cambio yo, al cumplir los tres años, tuve que ir a vivir a Londres por el traslado laboral de mi padre y, hasta ahora, allí hemos permanecido. Me da miedo que, al regresar y estar de nuevo en su tierra, les dé melancolía y no quieran abandonarla. Pero, como tengo quince años y soy menor de edad, no me queda de otra que preparar la maleta y esperar lo que ellos decidan.

Al terminar mi desayuno, el cual había tomado totalmente desganada, subí a mi habitación para echar un vistazo e ir escogiendo todo aquello que iba a llevar. Permanecí toda la mañana realizando esa tarea, de esta forma podría aprovechar el día siguiente para ver a mis amigos y despedirme de ellos. No me apetecía nada hacerlo, pues sabía que los iba a echar muchísimo de menos. Pero, ¿qué más podría hacer…?

A la hora del almuerzo, no dije ni una palabra. Esperé a que mis padres hubiesen terminado, para recoger la cocina y, luego, regresar a mi habitación. Deseaba permanecer allí encerrada durante todo el día. Entonces, llamé a mi gran amiga Alice - era mi mejor amiga desde que teníamos siete años. Nos conocimos porque nos tocó en la misma clase de primaria y, desde entonces, hemos crecido prácticamente juntas -.

- ¿Diga? – sonó su voz después de tres toques.
- Soy Ashley, ¿cómo estás?
- Bien, aquí. Viendo un rato la tele. Y tú, ¿qué? ¿Ya preparaste la maleta?
- Más o menos…
- Bueno Ashley, no seas así. Seguro que te lo pasas muy bien.
- No lo creo, no conozco a nadie. Y sabes perfectamente cómo soy a la hora de conocer gente nueva.
- Te vendrá bien, ya lo verás.
- Eso espero… porque si no, no sé qué haré durante un mes allí, yo sola.
- No exageres. Te lo pasarás muy bien. Te conozco y sé que será así.
- Si tú lo dices… - dije queriendo cambiar de tema – por cierto, mañana quiero verles a todos para despedirme. El jueves me voy temprano y, no me gustaría irme sin antes verles.
- Vale, ¿a qué hora?
- Podríamos quedar sobre las dos. Almorzamos y pasamos la tarde juntos.
- Muy bien. ¿Nos vemos en tu casa?
- Sí, va a ser mejor.
- OK. Hasta mañana.
- Hasta mañana.

Llamé también a Paul, Eva y Santiago.

Paul, apareció dos años más tarde en nuestras vidas. Llegó como el chico nuevo y, a todo el mundo parecía no hacerle mucha gracia los nuevos. Por ello, Alice y yo no dudamos en juntarnos con él y conocerlo. Y, gracias a ello, tenemos a un gran amigo con el que podemos contar en todo momento, el cual no duda en darnos consejos siempre que estamos algo tristes. Y, por último, Eva y Santiago. Son mellizos y llegaron de España hacía dos años. Habían coincidido conmigo en algunas clases.
Eva, me había tocado como compañera de mesa, nos fuimos conociendo y, poco a poco, se fue uniendo a nosotros. Con ello comenzamos a vernos también con su hermano y, ahora, los cinco somos inseparables. Ninguno va a un solo sitio sin antes contar con los otros cuatro. Son verdaderos amigos. Sí, verdaderos amigos con los que no podría verme durante treinta largos días. Y eso, si es que a mis padres no les apetecía quedarse durante más tiempo. Pero bueno, decidí no pensar más en ello y disfrutar al completo el día que me quedaba en Londres.